La aldea perdida
La aldea perdida Luego que con mano trémula hubo expuesto á la vista de la joven aquellos mágicos tesoros de hilo y la obligara por medio de un silencioso recogimiento á penetrarse de su grandeza, la ayudó por fin á colocarse la cesta sobre la cabeza y la despidió dándole un sonoro beso en la mejilla.
—Anda, hija mÃa… No te mojes mucho… No te pongas al sol… No batas demasiado la ropa contra la piedra… No gastes mucho jabón.