La aldea perdida

La aldea perdida

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Al desembocar en el Campo de la Bolera, cuyo borde lame el riachuelo de Villoria, tiene un encuentro. El capellán D. Lesmes venía de este pueblo caballero en una jaca torda, linda y briosa. Era D. Lesmes, como ya sabemos, hombre apuesto, se hallaba en la flor de la edad y era además fachendoso, y sobre todo galán y enamorado. No es maravilla, pues, que al ver á la aldeana hiciese parar en firme á su caballo y pusiera cara de pascua.

—Buenos días, Florita, buenos días. No esperaba yo antes de llegar á casa tan feliz encuentro. Pero Dios es muy bueno y cuando menos se piensa favorece á sus criaturas.

—¡Qué criaturita de Dios! —exclamó Flora riendo con malicia.

—De Dios soy, hija mía, pero también quisiera ser tuyo.

—¡Virgen! ¿Y qué iba á hacer yo con usted si fuese mío?

—Cuanto quisieras, hermosa. Ningún corderito de ocho días sigue á su madre con más afán que yo te seguiría.

—¿Balando y todo?

—Balando también —respondió el tonsurado después de titubear un instante.

—Pues principie usted ahora, á ver cómo lo hace.


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