La aldea perdida
La aldea perdida —Dà á tu marido —manifestó al cabo con autoridad militar como si se dirigiera á un ayudante de órdenes— que suba al corredor de la parra por si se intenta el asalto por entrambas fachadas. Despierta inmediatamente á Manolete y le das este fusil y que suba al corredor de la cocina de arriba para que, en todo caso, sus fuegos se crucen con los de Regalado. Despierta también á Linón y dale este trabuco y que me siga á la huerta. Yo voy en descubierta para ver si flanqueo al enemigo y le tomo por retaguardia.
—¡Ay, madre mÃa del Carmen, amparadnos! —exclamó D.ª Robustiana temblando fuertemente con las dos armas en la mano.
—¡Silencio!… Tú y Flora y la criada os encerraréis en el gabinete de atrás y arrimad los colchones al balcón por si alguna bala atraviesa la madera.
—¡Ay, santo Cristo de Candás!
—¡Silencio, te digo!… Despierta á Linón sin hacer ruido… No le chilles… sacúdelo.