La aldea perdida

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Y al mismo tiempo le dió un fuerte empujón que le hizo perder el equilibrio y caer con la tajuela. ¡Qué risa la de Flora! ¡Qué risa la de Jacinto! Al ruido se despertaron los viejos, los miraron con asombro y prosiguieron su tarea. Naturalmente, era necesario otro cuarto de hora para celebrar la ocurrencia; y así se cumplió á la letra.

—Vaya, vaya, ya estás aquí de más, Jacinto —dijo al cabo ella haciendo esfuerzos inútiles por ponerse seria. —Si no te vas en seguida te restrego la cara con ceniza.

¡Ca! No haría ella eso: no se atrevería á tanto.

—¿Que no me atrevo? ¡Ahora verás!

Y tomando un puñado de ceniza se lo arrojó á la cara. Jacinto comenzó á toser y estornudar porque se le había metido por boca y narices. Y venga de sacudirse con el pañuelo y venga de reir á carcajadas uno y otro. Con esto levantaron de nuevo la cabeza los viejos más atónitos que antes. Y ¡claro!, fué necesario otro cuarto de hora para celebrar tan peregrina bromita.


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