La aldea perdida
La aldea perdida —Mucho me admira, amigos, que los mozos del llano, tan plantados y tan galanes, los que cantan en las esfoyazas y echan ¡ijujús!, en las romerÃas y ponen el ramo á las mozas y se crÃan tan rollizos con las truchas del Nalón y la carne de los terneros, se acuerden siquiera de estos pobretes de los altos. Si ellos, criados con tajadas y vino de Toro, no pueden contener el empuje de los de LorÃo, ¿cómo han de poder estos mÃseros aldeanos criados con castañas y borona y el suero de la leche?
—Lo mismo los del llano que vosotros los del monte todos conocemos el gusto de la borona y las castañas —replicó Quino. —No está bien, Nolo, que te burles de nosotros, pues allá todos te estimamos. Los de Fresnedo, los de Riomontán, los de las Meloneras y las Bovias, lo mismo que los de Villoria y Tolivia, todos habéis sido siempre unos con nosotros. Juntos han peleado nuestros abuelos, juntos nuestros padres y juntos hemos estado también nosotros siempre cuando llegaba el caso de andar á garrotazos. ¿Por qué ahora andamos apartados? Por un pique que no merece la pena de mentarse, por una miseriuca…
Quedó serio repentinamente Nolo. Sus ojos adquirieron una expresión altiva y desdeñosa, y mirando por encima de las cabezas de los enviados hacia lo alto profirió con voz firme: