La aldea perdida
La aldea perdida —Haces bien. ¿Para qué llamar la atención de la gente?
Y después de una pausa añadió tendiéndole la mano:
—Adiós, Nolo, que Dios te proteja como hasta ahora, que proteja á tus padres y á tus hermanos y al ganado que tenéis en la cuadra.
—Adiós, Demetria. Él te guarde tan buena como eres y te traiga pronto por acá.
Se estrecharon las manos, se miraron con amor á los ojos unos instantes y se apartaron con el corazón desgarrado, pero grandes, serenos como la naturaleza que los rodeaba, hermosos y castos como dos mármoles de la antigüedad.
—Oye, Demetria —dijo él volviéndose repentinamente.
Demetria también se volvió.
—Toma esos claveles —añadió quitándose la montera y arrancando de ella los que llevaba prendidos. —Si pasas por la iglesia de Entralgo déjalos á la Virgen del Carmen. Es nuestra madre y ella nos juntará otra vez.
Tomólos la zagala sin decir una palabra. Ambos se alejaron con paso rápido. Ella lloraba. Él con los ojos secos y la mirada altiva marchaba erguido y arrogante, aunque llevase la muerte en el alma.