La aldea perdida
La aldea perdida —¡Quién dirÃa, hermosa, al verte con los ojos llorosos, que ha caÃdo sobre ti la bendición de Dios! —exclamó la tÃa BrÃgida poniéndole cara halagüeña. —Todos los vecinos estamos alegres más que las pascuas, al ver cómo la fortuna te ha entrado por las puertas. Porque no hay ninguno que no te haya estimado por la rapaza más guapa, más limpia, más honrada de nuestra parroquia. Tú sola eres la triste, Demetria. ¿Cómo es eso?
—¡Bah!, lágrimas de un dÃa —exclamó la tÃa Jeroma. —Bien se acordará de llorar cuando mañana se vea en Oviedo sentada en un sillón que se hunde, tomando chocolate con bizcochos y con una criada detrás para que le espante las moscas.
Demetria permaneció grave y silenciosa. Las comadres trataron de tirarle de la lengua, pero fué inútil. Sus esfuerzos se estrellaron contra la actitud frÃa y reservada que siempre habÃa caracterizado á la hija del tÃo Goro de Canzana.