La aldea perdida

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No las razones sutiles y el arte y el ingenio de Quino, no las bromitas saladas de Celso ni las súplicas ardientes del temerario Bartolo consiguieron aplacar la cólera del héroe de la Braña. Estaba resuelto á no tomar parte ahora ni nunca en las contiendas de los de abajo.

—Pero si tú no quieres ayudarnos, tampoco querrán los de Fresnedo —apuntó Quino.

—Yo hablo por mí. Los demás que hagan lo que les parezca —repuso Nolo alzando los hombros con desdén.

Guardaron silencio los enviados. Al cabo, profundamente tristes, se vieron obligados á despedirse. Antes de partir, Nolo les ofreció otro vaso de sidra que bebieron pensativos y callados.

—De todos modos —manifestó aquél sonriendo de nuevo— ¡hasta luego!

—¡Se supone! Ya tienes en la lumbrada quien te aguarde, grandísimo zorro —exclamó el chispeante Celso metiéndole el palo por el vientre á guisa de caricia.


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