La aldea perdida
La aldea perdida Quino deseaba saber si uniéndose con Telva podría obtener las mismas ó mayores ventajas. Decidióse, pues, á hablar con el tío Pepón. Para efectuarlo se colocó á su lado mientras pisaban la manzana. En un momento de descanso le dirigió estas palabras afectando ruda franqueza:
—¿Entonces, tío Pepe, me da usted á Telva ó no me la da?
Rascóse Pepón el cogote sin contestar, sacó su petaca mugrienta de cuero, tomó una hoja del librillo de papel y la sujetó entre los labios por una esquina, luego se echó una polvarada de tabaco sobre la gran palma callosa de su mano y ofreció otra á Quino. Las molieron mejor que lo estaban entre las palmas, liaron los cigarros en silencio, encendió el tío Pepe la yesca después de dar veinte golpes al pedernal con el eslabón, y cuando comenzaron á fumar, sin otros preámbulos le metió el puño por el vientre al mozo de Entralgo y exclamó riendo:
—¡Vé por ella cuando quieras, pillo!
Quino agradeció la caricia tanto como la gentil respuesta. Una sonrisa feliz y socarrona á la vez se dibujó en sus labios.
—Pero no será de vacío, ¿verdad?