La aldea perdida
La aldea perdida Al pobre Jacinto no se le ocultaban las intenciones del capellán porque las ponÃa bien de manifiesto, pero era harto inocente para saber contrariarlas: ni aun se atrevÃa á quejarse. En cuanto D. Lesmes entró en la esfoyaza se puso más triste que la noche: asà que comenzó á departir con su novia quedó repentinamente mudo y sombrÃo. Al fin, no pudiendo vencer su desconsuelo, con pretexto de ir á beber agua se levantó y salió de la estancia. No hizo mucho alto en ello Flora, pero como se tardase demasiado hubo de inquietarse. Al cabo también ella se levantó con el mismo pretexto y se dirigió á la cocina de los mayordomos.
Se hallaba ésta solitaria y esclarecida débilmente por un candil que pendÃa de la campana de la chimenea. Jacinto reposaba sobre uno de los bancos al pie del lar y tenÃa la cabeza metida entre las manos.
—¿Qué te pasa, Jacinto?, ¿qué tienes, rapaz? —le preguntó acercándose á él sonriente.
Jacinto separó las manos y alzó los ojos también sonriente; pero sus mejillas estaban bañadas de lágrimas. Entonces la sonrisa de Flora se apagó.
—¡Cómo! ¿Lloras, rapaz?… ¿Y por qué?
—No lo sé, Flora —respondió dulcemente el mozo de Fresnedo.
Flora quedó un instante pensativa y replicó colérica: