La aldea perdida
La aldea perdida Mas, aparte de esta preciosa cualidad, hay que confesar que la esposa del tÃo Goro no se mostraba digna de él en la mayorÃa de las ocasiones. Especialmente en todo lo que tocaba á la expansión de los sentimientos mostraba una libertad censurable, una falta de moderación por completo antifilosófica, que contrastaba con la actitud siempre admirable de su marido. AsÃ, por ejemplo, mientras ella no cesaba de verter lágrimas y lamentarse y hasta llegar á veces á la desesperación por la ausencia de su hija adoptiva, el tÃo Goro mostraba un semblante profundo y tranquilo y reprimÃa con dulzura y severidad á la par los Ãmpetus de su esposa.
—¡Pero mujer, repara que Demetria se está destruyendo!
—¡Ya lo veo, Goro, ya lo veo!, pero yo no puedo vivir sin ella, ¡no puedo!… Aquà se podrÃa destruir también…
—Loca estás á lo que entiendo, Felicia. ¿Quieres comparar á los maestros de esta aldea con los de Oviedo? Es lo mismo, pongo por caso, que si comparases un carnero con un buey.
—Pues el señor maestro de Entralgo enseña muy bien: todo el mundo lo dice.
—El señor maestro de Entralgo tiene gran cabeza y ha aprendido mucho por los libros, pero es un carnero, Felicia, no lo dudes, es un carnero al par de los maestros de Gijón ó de Oviedo.