La aldea perdida

La aldea perdida

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—¡Eh!, ¡eh!, mozos —gritó desde su silla al grupo de jóvenes que se hallaba enfrente al lado de la tapia de la pomarada. —¿Á que os huele la cabeza hoy á roble ó á espino?

Los chicos, entre los cuales se hallaban Quino, Celso y Bartolo, le dirigieron una mirada de soslayo y no se dignaron contestar.

—¿Sabéis lo que yo haría en vuestro caso ahora mismo? —prosiguió en alta voz. —Pues me iría á casa, comería los puches, orinaría y me metería en la cama…Porque es triste que le anden á uno con las costillas en día tan señalado. Si mañana fuese día de trabajo, vaya con Dios. ¡Que segara el diablo por uno! Pero teniendo que mascar la torta por la mañana y las rosquillas por la tarde y ponerse el chaleco floreado y la montera de los días de fiesta, no parece bien llevar las espaldas rameadas de vardascazos. Tú, Quino, ¿cómo te vas á presentar delante de Telva con un chichón en la frente? Y tú Bartolo, ¿con qué garbo vas á bailar en la romería si te dejan más derrengado de lo que estás?

Iba á responder éste, acometido de súbita indignación, pero Quino, ilustre siempre por su prudencia, le sujetó por la manga de la camisa diciendo en voz baja:

—¡Déjalo!, ¡déjalo! Es peor.


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