La aldea perdida
La aldea perdida Por ausencia de Martinán estaba una noche Quino ayudando á Eladia en el despacho. Detrás del mostrador desatando los pellejos de vino y escanciando y cobrando semejaba ya el asociado afortunado del afortunado Martinán. La taberna estaba llena de paisanos y mineros. Martinán se habÃa levantado aquel dÃa muy de madrugada para ir á Cabañaquinta á comprar una vaca, habÃa vuelto por la tarde bastante fatigado y se habÃa tendido un poco á descansar en la cama. Pero no tardó mucho en levantarse. Se presentó desperezándose en la taberna cuando ésta hervÃa de parroquianos, los cuales le acogieron con algazara. Casi todos los hombres cuando duermen la siesta se levantan de mal humor. Con Martinán no rezaba esta miseria fisiológica: se levantaba más alegre que nunca, fresco y risueño como una mañana de primavera.
—¡MÃralo, mÃralo qué fresco y qué colorado se levanta ese zorro de la cama! —exclamó uno.
—Como un clavel de la Italia —manifestó gravemente Martinán, abriendo una boca de á cuarta para bostezar y haciendo la señal de la cruz sobre ella.
—¿Y Clavel, cómo está? —preguntó otro aludiendo á su esposa, que como ya sabemos todos conocÃan por este nombre qué el propio Martinán le habÃa puesto.
—¡Esa, como una rosa de AlejandrÃa!