La aldea perdida
La aldea perdida —Vaya, vaya, déjeme usted en paz que tengo prisa. Pero no se movÃa. Plantada en medio de la plazoleta, con el cuerpo entornado por la cojera tanto como por el peso de la vasija, estirado el cuello rugoso y la oscura boca abierta para sonreir, parecÃa aquella mujer un endriago.
Regalado se levantó de la silla y vino hacia ella y comenzó á hablarle en voz baja para mostrar reserva. Maripepa, agradecida, á esta deferencia, le respondÃa en voz baja también. ParecÃan dos enamorados abstraÃdos del resto del mundo. Todos los rostros estaban vueltos hacia ellos. En cada grupo se comentaba con reprimida algazara aquel coloquio de amor.
Pero he aquà que de uno de ellos sale una voz gritando:
—¡Maripepa, que ahà viene Pacha!
Oirlo aquélla y emprender rauda carrera, todo lo rauda que le consentÃa su pierna defectuosa y el peso que llevaba, fué todo uno.
En efecto, una mujer de bastante más edad, aunque no tan fea, venÃa corriendo hacia ellos. Era su hermana mayor, la cual creÃa también en la pasión de Regalado, pero que lejos de alentarla se mostraba exasperada, furiosa. Pasó como un torbellino en persecución de la incauta doncella gritándole con acento amenazador:
—¡Aguarda, aguarda; yo te arreglaré, grandÃsima pÃcara!