La aldea perdida
La aldea perdida —Abrid… es el señor —dijo con voz recia Manolete, el fiel criado que habÃa acompañado al capitán á Málaga.
Gran movimiento en la sala. Todos se levantan. Regalado toma el velón de la mesa y se precipita á la escalera y detrás de él algunos tertulios y también el perro TalÃn que aúlla de un modo lamentable. Se abre la puerta y á la luz del velón se ve al capitán, cuyo rostro pálido, demudado les dice bien claramente lo que habÃa acaecido. El perro se arroja á acariciarle y cae al suelo accidentado por vejez y exceso de alegrÃa. Don Félix, sin pronunciar palabra, entra en el portal y sube al salón. Nadie osa preguntarle, pero D.ª Robustiana y todas sus comadres estallan en sollozos. El capitán se lleva la mano á los ojos y permanece algún tiempo inmóvil y silencioso. Ya no era aquel viejo apuesto, vigoroso, que en fuerzas y agilidad podÃa competir con cualquier joven. En pocos meses se habÃa trasformado en un anciano caduco.
—Gracias, gracias —murmuró con voz débil. —Dejadme solo.