La aldea perdida
La aldea perdida ¡Arre, Lucero!, ¡up!, ¡up! La gallarda pareja marcha al través de la noche sombrÃa. ¡Up!, ¡up! El Lucero botaba, corrÃa como si en vez de dos cuerpos robustos llevase sobre el lomo un hacecillo de paja. Y resoplando furiosamente parecÃa decirles: «No tengáis cuidado, queridos, que por mà no quedará». Nadie parecÃa por la desierta carretera. Los árboles, las granjas, las ventas quedaban atrás, como si no valiesen nada, como si no significasen nada para aquel potro valeroso. Un perro que salió furioso á ladrarle no logró aminorar su escape y se retiró pronto mohino jurando que jamás en su vida habÃa visto correr de aquel modo á un caballo con dos jinetes. Lejos ya tropezaron una carreta tirada por dos bueyes. El carretero, que dormÃa tendido sobre la carga, al sentir el galope del caballo levantó la cabeza, los miró cruzar raudos y la dejó caer de nuevo como diciendo: «¡No tengáis cuidado: huÃd, que por mà no quedará!».