La aldea perdida
La aldea perdida Al verse en su parroquia, tan próxima á su casa, se le dilata el pecho á Demetria y se le suelta la lengua. ¡Qué ajena estarÃa su madre de la sorpresa que iba á darle! ¡Cómo dormirÃan los pobrecitos de sus hermanos! Era necesario aguardar allà á que rayase el alba para no darles un susto. Nolo halló bueno el pensamiento y abriendo el establo de D. Félix metió y amarró el caballo dentro. Para ir á Canzana no lo necesitaban ya. Sentáronse en el famoso canapé de piedra, delicia de su amo. La lluvia batÃa con monótono son la gran pomarada que tenÃan delante y repicaba sobre la parra.
—Esta agua es una bendición para el maÃz, Nolo —profirió Demetria al oÃdo del mozo. —¿Cómo está la siembra de mi padre?
—Buena; levanta ya más de un palmo.
—¡Oh, es que mi padre sabe trabajar la tierra y sabe abonarla! —exclamó con arrogante alegrÃa. —¿Y vuestra escanda y vuestro centeno?
—Tampoco marcha mal… Nuestra tierra es peor que la de tu padre —añadió sonriendo.
—SÃ, sÃ, pero vosotros cogéis un caudal de avellana y nosotros muy poca… Además, ¡criáis un ganado!… ¡Qué ganado, Virgen! En ninguna parte lo he visto tan lucido.