La aldea perdida
La aldea perdida Comenzaron los dÃas felices. Era ya entrada la primavera: su hálito fragante corrÃa por el valle de Laviana tiñéndolo de todos los verdes imaginables, desde el más claro hasta el más oscuro. CaÃan las flores de los árboles y caÃan sin tristeza, porque en su puesto dejaban pequeños botones que muy pronto se trocarÃan en sazonados frutos. Los pájaros principiaban su certamen de amor modulando canciones en el bosque. Murmuraba el rÃo batiendo los cristales de sus aguas contra los pedruscos que interceptaban el camino; reÃan las fuentes discretamente bajo su emparrado de avellanos; saltaban los chotos en la pradera de esmeralda; las altas montañas se desembarazaban majestuosamente de su cendal y exponÃan la blanca cabeza al sol para que la derritiese.
Todo esto sucedÃa cada año, es verdad, pero en éste ¿no eran más verdes los prados, no eran más claras las fuentes, no corrÃa más lÃmpido el rÃo, no cantaban más dulcemente los mirlos y los jilgueros? No lo sé, pero si asà no era, debiera ser asÃ. Porque de algún modo estaban en el deber de celebrar la próxima unión de tan gallardas parejas. De todos modos, digámoslo con entereza, importarÃa poco aquel año que el soplo de la primavera corriese ó no corriese por el valle de Laviana. BastarÃan los ojos incomparables de Demetria para iluminarlo todo bien claramente; bastarÃa la risa argentina de Flora para tornarlo alegre y regocijado como ningún otro valle de la tierra.