La aldea perdida
La aldea perdida Llegó por fin á su castañar, que no había visto haría cerca de un año, y se sintió enternecida. Conocía los árboles y tenía de cada uno algún recuerdo. «Al pie de éste hicimos una hoguera Telva, Rosaura y yo y asamos castañas. De este tan alto se cayó Celso el de la tía Basilisa, antes de ir al servicio del rey, y no se hizo daño ninguno… ¡qué susto nos dió!… En ese otro escribió Juanín de Mardana mi nombre… ¡aquí está!»… Tales recuerdos dilataron su corazón. Comenzó á cortar algunas pequeñas ramas, aquellas que no hacían falta á los árboles, y mientras tanto soltó el torrente de su voz cantando una de las baladas del país. En Oviedo no podía cantar de aquel modo con todo el aliento de su pecho. ¡Siempre el horrible solfeo, el aburrido piano! En cuanto daba una voz más alta que otra ¡chut, chut, silencio!
Aunque estaba bien distraída al cabo de un rato creyó percibir detrás leve ruido y se volvió. Frente á ella y bastante próximo se hallaba Plutón, negro y endemoniado como un tizón y con su lámpara encendida colgada del brazo como si acabase de salir de la mina.
Se puso pálida, pero no dió un paso atrás.
—Buenas tardes, Demetria —dijo él.
—Felices —respondió ella secamente.
—¿Por qué no sigues cantando?
—Porque no tengo ganas.
—¿Soy yo quien te las quito?