La aldea perdida

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Quiso seguir, pero comprendió que ya era inútil. Un sudor frío bañaba su frente. Mirando aquel puntito claro de cielo permaneció largo rato con los ojos muy abiertos. Poco á poco aquel puntito también se fué oscureciendo. La tarde declinaba. Pronto se borró por completo. Quedó en tinieblas. Entonces cayó de rodillas y oró con fervor, pidiendo á la Virgen su salvación. Oró hasta que no pudo más y al cabo cayó deshecha sobre el duro suelo y quedó dormida. Y soñó en poco tiempo multitud de cosas. Creía estar en Oviedo en los salones de Valledor. De pronto se abría la puerta, aparecía un hombre y preguntaba por ella. Todos la miraban con sorpresa. Aquel hombre era su confesor. La sacaba del salón, la llevaba á la catedral y la encerraba en un confesonario: luego se marchaba, y las puertas del templo se cerraban. ¡Qué angustia!, ¡qué desesperación!… Pero á fuerza de golpes lograba romper la puerta, y sin saber cómo se encontraba en medio del campo… Un golpe de gente venía hacia ella gritando: «¡Huye, Demetria, huye! ¡Ahí viene!, ¡ahí viene! —¿Quién viene?— preguntaba ella. —¡Un lobo!, ¡un lobo que está rabioso!». Y ella se daba á correr; pero no podía: las piernas le pesaban como si fuesen de plomo: los demás corrían y ella no podía seguirles. Y detrás se escuchaba el jadear de la fiera. Se volvió para mirarla; el lobo tenía la cabeza de Plutón. Lanzó un grito y despertó…


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