La aldea perdida
La aldea perdida Nada; sus registros resultaban siempre inútiles. La desventurada Felicia lloraba sin cesar. Nolo hacÃa esfuerzos por animarla. Pero tanto como ella necesitaba él de alientos, aunque por diferente motivo. Él se afirmaba cada vez más en que Demetria se habÃa marchado á Oviedo. Ella, más perspicaz porque la amaba con corazón de madre, se aferraba en que le habÃa acaecido un percance.
Más por complacerla que por esperanza de obtener resultado alguno, Nolo consintió en recorrer los montes que dominaban el castañar del tÃo Goro. Vagaron por ellos á la ventura sin tropezar ser viviente. Al cabo divisaron entre los árboles una luz.
—¿Dónde estamos? —preguntó Felicia que con la pena y tanto paseo se habÃa mareado.
—Cerca de la cabaña de Pepa la Pura.