La aldea perdida
La aldea perdida —Amigos, ¿no queréis bailar? Sentadas por ahà se ven todavÃa muchas guapas mozas que no tienen pareja. Y si os faltaran, nosotros estamos dispuestos á cederos las nuestras.
Los de LorÃo respondieron con un sordo murmullo negativo. Y permanecieron en la misma actitud retraÃda, imponente.
No desmayó por esto el prudente Quino. Su cerebro artificioso le sugirió al instante nuevo recurso. Pretextando un quehacer cedió la pareja á su primo Bartolo, y haciéndose escanciar dos vasos de sidra por Martinán el tabernero, que habÃa colocado debajo del corredor de D. Félix algunos garrafones para el servicio del público, se dirigió con ellos á Toribión de LorÃo y á Firmo de Rivota, que se hallaban en primera fila y cortésmente les invitó á beber.
—Gracias —respondieron con marcada displicencia. —No tenemos sed ahora.
Entonces Quino comprendió que el asunto se ponÃa serio. Echó una mirada en torno. Vió que de Villoria habÃa acudido poca gente: de los altos, ninguna: de Canzana mismo faltaban los más aguerridos. Y sintió cierto malestar muy explicable, que nadie por supuesto confundirá con el miedo.