La aldea perdida
La aldea perdida De pronto un rayo de sol cayó sobre la punta más alta del cerezo plantado delante de la casa de la tÃa Basilisa; volteó un momento sobre las hojas y saltó á otra rama más baja dejando tras sà una estela de esmeralda. Otro salto más y se plantó en la higuera más próxima á la casa del tÃo Goro. Dentro de ella se agitó gozosamente como una llama feliz que aspira á curiosearlo todo. ¡Zas!, otro salto, y al alero del tejado. Después, con precauciones, solapadamente, descendió por el ramaje de la parra y oculto detrás de los pámpanos contempló algún tiempo el rostro peregrino de Demetria. ¡Es claro, le apeteció besarlo! Lo mismo le habÃa pasado al mirlo. Pero más animoso que éste, después de corta vacilación, se dejó caer de golpe sobre lo que más le agradaba: sobre los ojos. Cerrólos la hermosa y sonrió de nuevo dejándose acariciar por él con suave condescendencia. Al cabo hizo un gracioso mohÃn de impaciencia y se retiró al interior.
¡Cielo santo, cuánto tenÃa que hacer! Lo primero, por supuesto, era ordeñar las vacas, como hacÃa todos los dÃas. Bajó á la cocina, tomó una vasija y se fué derecha al establo. Pero allà ¡oh sorpresa!, se encontró con que el tÃo Goro ya se le habÃa anticipado.
—Padre, ¿por qué se ha levantado usted?
—Hija —respondió Goro gravemente, —hoy es el dÃa de la Virgen y tendrás demasiado que hacer.