La aldea perdida
La aldea perdida El tÃo Goro de Canzana era un hombre solemne, instruÃdo, que fumaba en pipa y dejaba crecer la barba por el cuello á guisa de corbatÃn. Hablaba poco, como todos los hombres que reflexionan mucho, pero sus palabras eran oráculos, sobre todo para su digna esposa la señá Felicia. No tenÃa más que una pasión en su vida: la lectura. Durante la semana no podÃa satisfacerla: las faenas agrÃcolas en que se ocupaba lo impedÃan. Pero asà que llegaba el domingo solÃa darse un hartazgo que le dejaba consolado y esclarecido hasta el domingo siguiente. Después que salÃa de misa se pasaba por casa del capitán. Éste le daba un libro, el primero que le venÃa á las manos, El año cristiano, El perfecto licorista, Tratado de fortificaciones marÃtimas, en fin, cualquiera, pues al tÃo Goro le bastaba su cualidad de libro para respetarlo más que á las niñas de sus ojos. Y llevándolo entre sus manos pecadoras con la misma unción que si fuese portador del sagrado cáliz, marchaba hacia el Campo de la Bolera. Allà se tumbaba sobre algún madero y en voz baja comenzaba á descifrar con regodeo las cláusulas misteriosas del impreso, mientras sus convecinos se deleitaban en jugar á los bolos ó á la barra ó á los naipes ó en otros fútiles entretenimientos indignos del sabio. Cuando se llegaba la hora de comer iba á depositar el venerado mamotreto en casa de su dueño: pero más de una vez sucedió no acordarse de comer y pasar la tarde también devorando una á una las sÃlabas que se le ponÃan delante de los ojos. Como D. Félix se cuidaba tan poco de la elección de libros, cuando no tenÃa alguno á la mano le entregaba un paquete de números atrasados del BoletÃn Oficial. No hay para qué repetir que el tÃo Goro los iba paladeando con igual felicidad.