El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Armando retrocedió, casi tan pálido como la faz de la cabeza cortada… ¡Acababa de comprender quién era el lector de Racine, el hombre sensible… el amigo, el inteligente comensal!…
Tambaleándose, retrocedió y se dejó caer, medio desmayado, sobre la cama, caliente aún. A la media hora, recobrando alguna fuerza, capaz de pensar, recogió su hatillo pobre y salió huyendo de aquella casa maldita. Fue suerte para él; de otra manera, le hubiesen descabezado también en Termidor.