El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Honda marejada se produjo en el Santo Tribunal antes de prender a un noble señor. Ejercía las funciones de inquisidor general el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego Sarmiento de Valladares, caballero por los cuatro costados, y los rigores inquisitoriales no recaían sino sobre gentecilla, mercaderes y tratantes gallegos y portugueses, oscuros alumbrados y judaizantes renegados y bígamos. Una buena traílla de estos mezquinos acababa de ser agarrotada, quemada viva, encarcelada perpetuamente, relajada en estatua, azotada por las calles y embargados los bienes que no tenían, con ocasión del famoso auto de fe a que habían querido asistir Carlos II y las dos reinas, enviando el monarca el primer haz de fajina que alimentase el fuego del brasero. Mas las poderosas familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara apretaron tanto, que al fin don Beltrán fue preso y recluido en los calabozos, donde todavía no habían acabado de evaporarse las lágrimas de las infelices penitencias del auto. En las tinieblas de la mazmorra recordó confusamente palabras de su nodriza, insinuaciones de la dueña Mari Nuño, conversaciones reticentes de sus padres, auras de consejas y mentiras que oreaban sus cabellos desde niño. Y con ahínco desesperado, exclamó:
—¡Señora Muerte! ¡Madrina mía! ¡Acúdeme!