El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —¿No hay ningún recurso, madrina? Por ahà fuera hace sol, la gente se pasea, brillan los ojos, resuenan músicas festivas, requiebran los galanes, se cruzan estocadas… ¡Y yo aquÃ, sepultado en una fosa, expuesto a que me saquen con coraza y sambenito! Madrina, tú eres omnipotente, temida y respetada… ¡He sentido tantas veces tu protección terrible! ¿No acertarás a salvarme ahora?
La madrina calló un momento, y luego articuló entre un susurro lento y prolongado como el de los árboles de inmensa copa:
—Sé un remedio para darte libertad. ¿No lo adivinas? Yo saco infaliblemente a los mortales del sitio en que penan, llevándolos conmigo.
Sintió un sutil escalofrÃo don Beltrán y se tapó los ojos con las manos. Cuando las apartó se halló solo: la madrina habÃa desaparecido. En más de dos años no se atrevió el ahijado a invocarla. Al contrario, a ratos la conjuraba para que no se acercase: temÃa la tentación de asir aquella mano blanca, lisa, marmórea, y agarrado a ella salir del cautiverio. No llamó a su madrina ni en el dÃa en que, tendiéndole sobre el caballete del potro, le dieron por tres veces el trato de cuerda que hace crujir los huesos, estira los tendones y lleva el dolor hasta las últimas reconditeces de los nervios. Quedó moribundo y le trasladaron a una celda con reja a la calle.