El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Hizo Laurencio lo propio que la luna, y se desembozó, para asir la ya ansiada presa… En el espacio de un segundo pudo ver que estaba en el patio de la gallinerÃa, cerca de un alpendre o cobertizo, lleno de masas confusas de plumaje. Guardábase allà las plumas de las aves que Ulpiano, agenciador en todo, vendÃa desplumadas, sacando provecho del despojo, que le compraban para colchones. No supo jamás decir Laurencio por qué se fijó en aquel detalle, mientras echaba al cuello de Rosa ambos brazos. No llegaron a ceñirlo: dos hombres los asieron y los sujetaron, mientras otro descargaba el primer golpe en mitad del rostro. Y a éste, que hizo fluir de las narices copia de sangre, siguieron dos o tres más; de puños como mandarrias, en la boca, en la sien, que le tendieron desvanecido. Rosa inmóvil, presenciaba la escena, sin demostrar sorpresa; su actitud era de espectadora, aunque, a la claridad lunar, parecÃa de pálido mármol su cara. El esposo se restregó las manos con que acababa de infligir la feroz corrección, y ordenó:
—A casa, ahora mismo.