El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Él enredaba artificiosamente las perlas, a estilo morisco, entre las trenzas de Mafalda, y él le calzaba los brodequines puntiagudos, última novedad venida a España de la lejana y elegante corte borgoñona. Y Mafalda, embelesada, sorprendida a cada hora con un nuevo capricho, con una nueva distracción, no hizo la menor resistencia cuando una noche el aventurero la atrajo hacia sí, y cubrió de besos candentes la cara morena, y los párpados sedosos, y la garganta tornátil. ¿Pasión? ¡No! Mafalda no sentía esa soñadora fiebre, acaso más moderna que medieval. Lo que experimentaba era el transporte del que sacude las telarañas grises del fastidio, de los vapores tétricos, y entra en una zona de sol, de alborozo y sorpresa continua de los sentidos golosos… También en fablas y hechos de amoríos era más ducho el errante mercader que el rudo castellano de Diamonde, y también supo revelar a Mafalda lo que púdicamente había ignorado…