El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Ya en el grupo de los calaveras, la curiosidad cedÃa el paso a cierta compasión: un comienzo de sentimiento humano, piadoso, despertábase en las almas. Aquellas mujeres, que, engaritadas en sus abrigos maltratados por el uso y los viajes, temblaban sobre el peligroso paso, a pesar de su ágil ligereza de danzarinas de oficio, no eran las atrayentes heteras que se prometÃan, sino unos seres que, para comer pan, sufren y luchan.
—¡Vida perra! —murmuró Primo Cova, ya sin humor de chirigotear.
—Y diga usted que salgan de ahà sanas y salva… —advirtió LandÃn, otro calaverilla profesional, asaz inofensivo.
—Bueno, todo serÃa un baño…
—No —intervino Pareja—; serÃa «más»… Si se cae alguien a esa rinconada, queda debajo del barco, y no hay modo de intentar el salvamento, porque falta materialmente sitio para revolverse.
Casi en el mismo instante de decirlo corrió un rumor.
—La Ñoquita… Ahora sale la Ñoquita.