El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos 
La cita
LBERTO Miravalle, excelente muchacho, no tenÃa más que un defecto: creÃa que todas las mujeres se morÃan por él.
De tal convencimiento, nacido de varias conquistas del género fácil, resultaba para Alberto una sensación constante, deliciosa, de felicidad pueril. Como tenÃa la ingenuidad de dejar traslucir su engreimiento de hombre irresistible, la leyenda se formaba, y un ambiente de suave ridiculez le envolvÃa. Él no notaba ni las solapadas burlas de sus amigos en el cÃrculo y en el café, ni las flechas zumbonas que le disparaban algunas muchachas, y otras que ya habÃan dejado de serlo.
Dada su olÃmpica presunción, Alberto no extrañó recibir por el correo interior una carta sin notables faltas de ortografÃa, en papel pulcro y oloroso, donde entre frases apasionadas se le rendÃa una mujer. La dama desconocida se quejaba de que Alberto no se habÃa fijado en ella, y también daba a entender que, una vez puestas en contacto las dos almas, iban a ser lo que se dice una sola. Encargaba el mayor sigilo, y añadÃa que la señal de admitir el amor que le brindaba serÃa que Alberto devolviese aquella misma carta a la lista de Correos, a unas iniciales convenidas.
