El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Yo tengo mi explicación —respondió él—; falta que el Tribunal la admita. Vea lo que yo supongo, es sencillo: para mÃ, y perdóneme su memoria, la infeliz señora recibÃa a alguien…, a alguien que debe ser mozo de cuenta, profesional del delito y del crimen. El dÃa de autos, desde el anochecer, la vÃctima envió fuera a su doncella, dándole permiso para comer con unos parientes y asistir a un baile de organillo. El asesino entró al oscurecer. Él era quien escribÃa a usted, quien le fijó la hora y quien, precavido, exigió la devolución de las cartas, para que usted no poseyese ningún testimonio favorable. Cuando usted entró, el asesino se ocultó o en el descanso de la escalera, o en habitaciones interiores de la casa. A la mañana siguiente, al abrirse la puerta de la calle, salió sin que nadie pudiese verle. Se llevaba su botÃn: joyas y dinero. ¿Qué más? Es un supercriminal que ha sabido encontrar un sustituto ante la Justicia.
—Pero ¡es horrible! —exclamó Alberto—. ¿Me absolverán?
—¡Ojalá!… —pronunció tristemente el defensor.
—Si me absuelven —exclamó Alberto— me iré a la Trapa, donde ni la cara de una mujer se vea nunca.