El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Quizá la admiración vehemente mostrada al domador —que en los carteles adoptaba el tÃtulo de vizconde de Praga, enteramente fantástico, imposible de descubrir en cancillerÃa alguna— fuese la primera inconveniencia cometida por Rosa. Sin duda, el hecho constituÃa una exhibición de mal gusto en una joven soltera, y más en España, donde es sospechosa para el honor cualquier excentricidad de la mujer. Lo cierto es que Rosa llamaba la atención, y su actitud empezaba a darle notoriedad. Se discutÃa su figura, su modo de vestir; se convenÃa en que, sin ser una belleza, no carecÃa de encanto. Rubia, alta, bien formada (extremo que la moda ceñida hace muy fácilmente demostrable), la hermoseaba, sobre todo, la expresión como de embriaguez divina que adquirÃa su semblante al salir el vizconde de Praga a desempeñar su número: el encierro en una jaula con un sólo león, pero terrible: Drago, que, indómito, vigoroso, valÃa por seis de los criados en cautiverio.
—Las bacantes, en los misterios órficos, tendrÃan ese gesto —decÃa Tresmes, que habÃa leÃdo todo lo concerniente a anomalÃas amorosas y perversiones antiguas y modernas.