El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos El domador habÃa notado lo que todos notaban. Era un hombre joven, aunque no tanto como parecÃa, por la robusta esbeltez de su cuerpo y la finura acentuada de sus facciones, debida a la sangre georgiana. Nada más airoso que su torso, nada mejor delineado que sus pies y manos, a no ser su bigote o los rizos naturales de sus cabellos negrÃsimos. No era el tipo del dandy, del elegante que se ha formado su distinción a fuerza de alta vida y de hábitos de lujo; era un ejemplar de las razas humanas aristocráticas de abolengo, perfectamente arianas.
Consciente del efecto que producÃa en Rosa, el domador adoptaba posturas románticas, quebraba la cintura como un torero, avanzaba la pierna, nerviosa y de perfecta forma, cautiva en el calzón de punto gris perla, y sacudÃa con gentileza los bucles de su frente, húmeda de sudor, enviando a la señorita una sonrisa y un ligero signo de inteligencia. Por señas, que en el palco de los elegantes, este signo fue considerado indicio de algo serio, y sólo cambiaron de opinión al exclamar Tresmes:
—¡Qué tonterÃa! Si se entendiesen, ella no vendrÃa ya a exhibirse aquÃ. Os digo que, a pesar de las apariencias, ese hombre y esa mujer no han cruzado palabra. Pongo la mano derecha a que no.