El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Se rieron. Sin embargo, Drago reunía todas las condiciones para producir eso que en Italia se nombra «il fascino». Si hay un género de belleza sublime que se funda en la energía, nada más bello que Drago.

No era la fiera rendida, cansada, pelada, de los demás domadores, y en eso consistía la originalidad del trabajo temerario. Drago, con su bravura y fuerza, por su talla no común, lo enorme de su cabezota, lo rutilante y abundoso de su melenaza, imponía una especie de respeto, al cual se unía atracción misteriosa. Sus actitudes conservaban la gracia terrible y natural de la fiera que está en su propio ambiente, en el cálido desierto, y detrás de la majestuosa masa de su cuerpo se hubiese deseado ver extenderse el rojo rubí del celaje líbico. Su rugido infundía pavor, y sus ojos de venturina derretida, en que el sol de África parecía haberse quedado cautivo, tenían un encanto peculiar, amenazador y feroz. Drago había sido cogido no hacía seis meses en el Atlas. La única defensa del domador con aquel felino era la temeridad, la sorpresa. En realidad, ni estaba habituado a la sugestión y al olor del hombre ni a la obediencia de la varita. Acordábase de sus soledades, de que bajo sus dientes habían crujido costillas de caballos, ¡quién sabe si de jinetes moros!… El interés de la labor de Praga estaba en eso: en que cada noche sostenía un duelo a muerte.


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