El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Por su parte, el esposo —guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponÃa maravilla—, no habÃa vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura… En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertÃa sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistÃa la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalÃa el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lÃcita caricia; querÃa saber si serÃa rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espÃritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.
—De donde tú has vuelto no se vuelve…