El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos La luz de las lámparas, incierta y parpadeante, hacÃa de pronto emerger de la sombra detalles de maravillosa ejecución, adornos perfectos, lÃneas de belleza que convidaban a arrodillarse, y Cleopatra, volviéndose al sacerdote, pronunció:
—Aquà se guarda lo mejor del mundo. Los romanos, que han saqueado tantos reinos, nada poseen comparable a este tesoro. Todos mis ascendientes, en su sangre griega, llevaban el amor al arte, y lejos de las miradas profanas, que no deben posarse en la suprema hermosura, juntaron lo que no tiene precio, lo que ardientes momentos de inspiración fijan en la materia y pacientes trabajos perpetúan. Vencida, amenazada, casi prisionera ya, todavÃa la reina de Egipto es dueña de algo que envidiarÃa Octavio, y que además, Octavio necesita para pagar a sus tribuni militum, a quienes debe cantidades, y a las legiones de Antonio, que acaban de sometérsele. ¿No crees que, por este tesoro, Octavio me devolverÃa libremente mi corona?
El sacerdote reflexionaba, atusándose la barba ondulada en canalones simétricos. Sus ojos ovales, negrÃsimos, expresaban la incertidumbre y la inquietud. El poder sacerdotal habÃa decaÃdo mucho bajo los Lagidas, reyes impuestos por la conquista alejandrina, y ahora, ante la arrolladora fuerza de los romanos y el imperioso y caprichoso manto de Cleopatra, era apenas una sombra y un recuerdo.