Insolacion
Insolacion 
X
YENDO un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Ángela despavorida, a ver qué era. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.
—Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga…, que he salido.
—A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.
—A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar a nadie.
—¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.
—Y prepárame el baño.
—¿El baño? ¿No le sentará mal a la señorita?
—No —contestó Asís secamente—. (¡Manía de meterse en todo tienen estas doncellas!).
—¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque a preguntarla.
Al nombre del cochero, sintió Asís que le subía un pavo atroz, como si el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero sí que debía maliciarse…!
—Dile…, dile que… venga dentro de un par de horas…, a las cuatro y media… No, a las cinco y cuarto. Para paseo… Las cinco y media más bien.
