Insolacion

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YENDO un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Ángela despavorida, a ver qué era. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.

—Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga…, que he salido.

—A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.

—A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar a nadie.

—¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.

—Y prepárame el baño.

—¿El baño? ¿No le sentará mal a la señorita?

—No —contestó Asís secamente—. (¡Manía de meterse en todo tienen estas doncellas!).

—¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque a preguntarla.

Al nombre del cochero, sintió Asís que le subía un pavo atroz, como si el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero sí que debía maliciarse…!

—Dile…, dile que… venga dentro de un par de horas…, a las cuatro y media… No, a las cinco y cuarto. Para paseo… Las cinco y media más bien.


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