Ifigenia

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¡Ah! es curiosísimo, ¡la poca influencia que tienen nuestras convicciones sobre nuestra conducta! Yo creo que en general, nuestras convicciones están hechas para aplicarlas más bien a la conducta de los demás, porque es entonces cuando aparecen con todo el esplendor de su honradez: sólidas, arraigadas, e inquebrantables. En cambio, cuando se trata de nosotros mismos, como en el caso presente, nuestras opiniones o convicciones, toman al instante la flexibilidad de la cera, y se acomodan y modelan maravillosamente sobre los caprichosos accidentes de nuestra conducta. La gran mayoría de las personas, dotadas como están de cierto espíritu conciliador, explican admirablemente con razones o disculpas, tan misteriosos desacuerdos, y así, gracias a la elocuencia y a la lógica, quedan siempre abrazadas en perfecta concordia estas dos hermanas inseparables: la convicción y la conducta. Desgraciadamente, yo carezco en absoluto de imaginación para establecer estos acuerdos y me ocurre con muchísima frecuencia el encontrarme como hoy, en flagrante contradicción. Sí; mi falta de aptitud para la disculpa me fue fatal durante mi infancia y mis tiempos de colegio, lo recuerdo muy bien. Es innata e irremediable. Por lo tanto, de ahora en adelante, no me mortificaré más practicando una ciencia para la cual no tengo la menor disposición; y es, en vista de ello, por lo que resuelvo confesar en lo sucesivo, ante mí y ante los demás, los desacuerdos existentes entre mi opinión y mi conducta. Diré siempre: tal cosa es reprochable y ridícula, pero la hago porque sí; tal otra es admirable y santa pero no la hago porque no. Creo que esta especie de franqueza o confesión es lo que suelen llamar cinismo. Como la palabra es un poco discordante, me parece mejor no insistir más sobre el particular y pasar a otro asunto.


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