Ifigenia

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CAPÍTULO III

De cómo una mirada distraída llega a desencadenar una horrible tormenta, la cual, a su vez, desencadena grandes acontecimientos.

—¡ACERCA MÁS TU SILLA, María Eugenia, acércala más, que por muy buenos ojos que tengas, es imposible que puedas distinguir bien los hilos desde esa distancia!…

Así, ya algo impaciente, dijo ayer Abuelita, agobiada bajo el peso del mantel de granité que está calando en la actualidad. Luego volvió a emprender el interrumpido estribillo, y siguió haciendo y diciendo:

—Mira: se cogen dos hilos; se dejan dos; se vuelven a coger dos más adelante; se pasa después la aguja hacia la derecha; se cogen entonces los dos que se dejaron atrás teniendo cuidado de no anudar la hebra; y se vuelve a empezar otra vez… ¡si es facilísimo!…

Pero como entre las obras llevadas a efecto por el ingenio humano, es el calado una de aquellas que menos me intrigan, y menos despiertan mi curiosidad o ambición de saber, yo no había logrado dominar todavía las leyes absolutas que rigen el que actualmente realiza Abuelita en la trama de su mantel de granité, bien que estuviera ya casi un cuarto de hora, mirando desarrollar dichas leyes bajo el sabio consorcio de la teoría y de la práctica.


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