Ifigenia
Ifigenia En la madrugada del sábado
YA PASÓ LA QUE debía pasar: tío Pancho ha muerto.
Su pobre cuerpo exhausto y dolorido se ha quedado quieto, y ya lo han encerrado entre las tablas negras del ataúd que lentamente, a la luz de los cirios, como una primavera lúgubre se ha cubierto de flores.
Hace algunos minutos, al mirar que lo encerraban, y al sentir en mis oídos el chirriar espantoso de aquel fuego macabro, donde deshacían el plomo que había de soldar la cubierta de zinc de su urna cineraria… al oír aquel chirriar macabro del fuego, no pude más, y durante un minuto feliz, me perdí en la dulce inconsciencia de los desvanecimientos. Me dieron un calmante, y me han traído aquí, para que descanse y duerma. Pero no duermo, no. Escribo, porque el escribir como el llorar me calma más que el sueño, y me calma mucho más que todos los calmantes.
