Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Yo le grité mi nombre varias veces hasta que llegó a oÃrlo y ella, como tenÃa el alma jovial ante lo inesperado y le gustaba el sabor de las pequeñas aventuras, volvió a gritar en el mismo tono y con la misma sonrisa:
—¡Yo me llamo Mamá Blanca! ¡No te vayas, no te vayas, ven acá, pasa adelante, ven a hacerme una visita y a comerte conmigo una tajada de torta de bizcochuelo!
Desde mi primera ojeada de inspección habÃa comprobado que aquella casa de limpieza fragante florecÃa por todos lados en raÃdos y desportillados, cosa que me inspiró una dulce confianza. La jovialidad de su dueña acabó de tranquilizarme. Por ello, al sentirme descubierta e interpelada, en lugar de echar a correr a galope tendido como perro cogido en falta, accedà primero a gritar mi nombre, y después, con mucha naturalidad, pasé adelante.