Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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Nuestros juguetes preferidos los fabricábamos nosotras mismas bajo los árboles, con hojas, piedras, agua, frutas verdes, tierra, botellas inútiles y viejas latas de conservas. Al igual de los artistas, sentíamos así la fiebre divina de la creación; y, como los poetas, hallábamos afinidades secretas y concordancias misteriosas entre cosas de apariencias diversas. Cuando cogíamos, pongo por caso, una latica vieja, y con un clavo y una piedra le hacíamos un agujero, al cual adaptábamos una caña o timón; a éste un par de tusas o cuescos de mazorca que hacían el papel de bueyes; a cada tusa o cuesco dos espinas curvas que imitasen dos cuernos; al todo una caña larga o sea una garrocha; cuando rematada la obra, tirando de la garrocha y remedando la voz de los gañanes, gritábamos a las tusas rebeldes:

—¡Arre, buey! ¡Atrás, Golondrina! ¡Apártate, Lucerito!

Con la lata, las dos tusas y las cuatro espinas, habíamos hecho un carro con su yunta y habíamos hecho también un poema.





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