Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Nuestra situación social en aquellos tiempos primitivos era, pues, muy semejante a la de Adán y Eva cuando, señores absolutos del mundo, salieron inocentes y desnudos de entres las manos de Dios. Sólo que nosotras seis tenÃamos varias ventajas sobre ellos dos. Una de esas ventajas consistÃa en tener a Mamá que, dicho sea imparcialmente, con sus veinticuatro años, sus seis niñitas y sus batas llenas de volantes era un encanto. Otra ventaja no menos agradable era la de desobedecer impunemente comiéndonos a escondidas, mientras Evelyn almorzaba, el mayor número posible de guayabas, sin que Dios nos arrojara del ParaÃso cubriéndonos de castigos y maldiciones. El pobre Papá, sin merecerlo ni sospecharlo, asumÃa a nuestros ojos el papel ingratÃsimo de Dios. Nunca nos reprendÃa; sin embargo, por instinto religioso, rendÃamos a su autoridad suprema el tributo de un terror misterioso impregnado de misticismo.
Por ejemplo: si Papá estaba encerrado en su escritorio nosotras las cinco, que sabÃamos andar ignorando este detalle, nos sentábamos en el pretil contiguo a aquel sanctasanctórum y allÃ, en hilera, levantando a una vez todas las piernas, gritábamos en coro: «Rique-rique-rique-rán, los maderos de San Juan…». Una voz poderosa y bien timbrada, la voz, de Papá, surgÃa inesperadamente de entre arcanos del escritorio:
—¡Que callen esas niñas! ¡Que las pongan a jugar en otra parte!