El brillo de las luciérnagas
El brillo de las luciérnagas El niño no podÃa esperar más. Las palabras de su hermana habÃan encendido algo dentro de él, una chispa de rabia y determinación que ni las paredes del sótano podÃan contener. Durante el dÃa, observó a su padre con atención, estudiando cada movimiento, cada palabra. Era como si las respuestas estuvieran justo frente a él, escondidas en las grietas de la voz firme que mantenÃa a todos bajo control.
Esa noche, cuando la casa se sumió en el silencio, decidió enfrentarlo. Encontró a su padre en la mesa del comedor, mirando el calendario que siempre cambiaba al final de cada dÃa. Las sombras de las bombillas colgantes caÃan pesadas sobre él, haciendo que su figura pareciera más grande, más imponente.
—Papá —dijo el niño, con una voz que trató de mantener firme—. Quiero que me digas la verdad.
Su padre no levantó la mirada. —¿Qué verdad?
—Sobre el incendio. ¿Quién lo inició?
El silencio se extendió como una grieta que se abrÃa lentamente. Finalmente, su padre dejó el calendario y lo miró. Sus ojos estaban cansados, pero llenos de algo más, algo que el niño nunca habÃa visto antes: culpa.
—No deberÃas preguntar cosas que no estás listo para entender.