Botones y encaje
Botones y encaje ―Un botón ―dijo, entregándole uno de color negro que colocó en el frasco al volver al apartamento.
Pearl se encerró en el baño esa noche, intentando lavar la sangre que sentía en sus manos, aunque no había disparado. Su reflejo en el espejo era el de una mujer distinta. La oscuridad había comenzado a consumirla, pero lo más aterrador era que, en lo más profundo de su ser, esa sensación de poder la había hecho sentir viva.
Los días se alargaban como una interminable pesadilla. Pearl había acumulado tres botones en su frasco, cada uno obtenido a un precio demasiado alto. El peso de sus acciones comenzaba a dejar grietas en su mente, y el apartamento se sentía cada vez más como una prisión.
Jacob seguía desaparecido. Cada noche, Pearl se preguntaba si aún estaría vivo o si su rostro ensangrentado en la foto era la última imagen que tendría de él. No había respuestas, solo silencio.
Una nueva orden llegó esa mañana, deslizada bajo su puerta. Esta vez era diferente: Entrega el paquete en esta dirección y no abras la caja. Bajo ninguna circunstancia.
