Amadeo I
Amadeo I Las ocho de la mañana serían cuando llegamos al terreno los dos rivales, con nuestros respectivos apoderados. Alberique iba muy estirado de guantes, vestido de negro, el sombrero muy encasquetado para que no se lo arrebatase el viento que del Oeste soplaba. Por no cansar, suprimo los pormenores. Partido el campo y cargadas a conciencia las pistolas, nos pusimos frente a frente. Sin ninguna jactancia, debo hacer constar que yo estaba sereno ante la faz del drama, como lo estoy en el momento de referirlo. Yo he nacido para las ocasiones críticas, para los actos que se desarrollan en raudos minutos, decisivos entre la vida y la muerte. Tocó a mi rival disparar primero. No me acertó. Disparé yo… Nada… En su segundo disparo, Alberique afinó la puntería. Yo dije: «¿Sí? Pues ahora verás». No era yo tirador; afiné con toda calma…, ¡pim!, le metí la bala en el costado derecho… ¡Alto!… La herida de Alberique era de pronóstico reservado. Terminó el lance. No me presté a reconciliaciones ni saluditos, y me retiré con tranquilidad augusta.