Amadeo I

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Obediente a mi dulce tirana, acudí al bullicio, y entre la turbamulta encontré a muchos federales que se agregaban al progresismo radical, para hinchar el coraje público y armar camorra con los agentes de la autoridad. Ramón Cala me aseguró que antes de dos meses tendríamos la Federal con todo su complejo tinglado de pactos y cantones; Rodríguez Solís comentó el retraimiento cada día más significado de la sangre azul y del dinero amarillo. Las únicas damas de alcurnia que iban a Palacio y acompañaban a la Reina, más por lástima y respeto que por adhesión verdadera, eran las Duquesas de Fernán-Núñez y de Tetuán, la Condesa de Almina y otras poquitas más. Y Luis Blanc opinó cándidamente que la Grandeza, con la sorda y persistente conspiración del desaire, nos estaba haciendo el caldo gordo a los republicanos. Yo, que si en letra de molde, por dar gusto al dedo, falsifico donosamente la verdad, soy esclavo de ella cuando hablo con mis amigos, les dije que nosotros éramos los que hacíamos el caldo gordo a las elegantísimas damas alfonsainas y catolicoides, ayudando a convertir en palabras vacías los tres rotundos jamases del General Prim.





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