Amadeo I
Amadeo I Ya lo comprenderéis. Cabeza era muy celosa, y además mujer de grandísimo talento. Por algo se llamaba Cabeza. No ignoraba mis aficiones al bello sexo. Mi fama de galanteador afortunado le quitaba el sueño, y a mí me ocasionó sofoquinas. En sus ataques agudos de celera, mi dama se levantaba de puntillas, a media noche, para registrar mi ropa, buscando alguna carta que su encendida imaginación sospechaba y temía. Y cuando entraba yo en casa de dar un paseíto o evacuar alguna diligencia mercantil, me olía las solapas, la corbata, el cuello, buscando algún aroma que delatase mi supuesta infidelidad. La tarde de marras, al llegar a la tienda después de rotos y aventados los pedacitos de la carta de Graziella, me asaltó el temor de que el papelejo hubiese dejado en mis dedos algún resto de su intensa fragancia. Subí corriendo a lavarme las manos, más ni aun con esto estuve tranquilo, ni vencer pude el terror que me causaban los ojos inquisitivos de Cabeza y el venteo de sus narices.