Amadeo I

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Esto dijo la vieja Mariclío, a quien diputé por persona sagaz y de mundana picardía. Salió para entrar de nuevo, y durante su ausencia me visitó Graziella en un intermedio de sus abluciones. Aún le faltaban toques de afeite y compostura, y el pelo lo traía suelto… La peinadora, que podía pasar por hombre público, según lo que charlaba y peroraba, lucía en el cercano gabinete la soltura de su lengua. La tía Mariclío volvió a mí con un libro viejo, que abrió sobre el velador sentándose en postura de escribir. «Aquí voy yo anotando… Mira, mira —me dijo risueña, escribiendo con un estilete que a cada momento se llevaba a la boca para mojarlo con su saliva—. Obligada estoy por mi Destino a mencionar todo lo que hace esta gentezuela; pero escribo sus nombres con una saliva especial que me dio mi padre para estos casos».

—¿Qué casos?

—Esta saliva tiene una virtud preciosa. Lo que con ella escribo se lee hoy, se lee mañana; pero luego se borra y no llega a la posteridad.





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